|
DIÁLOGO DE LA IGLESIA CON EL MUNDO
INDIGENA: FLORES Y ESPINAS Eleazar López Hernández[1] Centro nacional de ayuda a misiones indígenas. México.
Octubre 2004. Introducción Traigo a
la mesa de este encuentro internacional de misionólogos católicos no mi reflexión
personal, como estudioso de la materia, sino el testimonio vivo de hermanas y
hermanos indígenas que durante los últimos 20 años estamos abriendo y
consolidando espacios de diálogo dentro de la Iglesia en orden a sanar heridas
del pasado, a enfrentar con éxito los desafíos del presente y a hacer posible
un futuro mejor para todos. Talvez
para algunos miembros de la Iglesia la discusión sobre el diálogo con el mundo
indígena sea sólo un debate puramente intelectual y académico. Pero para
nosotros y para nuestras comunidades originarias de estas tierras, resulta de
vital importancia en cuanto a la reconstitución de nuestro rostro y corazón de
personas y de pueblos, a fin de llegar a ocupar en la sociedad y en la Iglesia
el lugar que nos corresponde según el designio de Dios. Lo que
diré sobre el diálogo misionero no es ciertamente algo novedoso y llamativo,
pues reiteraré lo que en otras instancias y foros hemos expresado de muchas
maneras laicos, religiosas y sacerdotes indígenas, servidores de la Iglesia,
como manifestación de nuestra alma acongojada por los desafíos actuales. Importancia del diálogo
en la Misión El diálogo interreligioso,
afirma el Santo Padre Juan Pablo II en Redemptoris
Missio, forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia[2].
Más aún es una de las expresiones de la misión en cuanto método y medio para un
conocimiento y enriquecimiento recíproco. El diálogo es necesario porque la
gran mayoría de la humanidad no pertenece al cristianismo, sino a otras
religiones, que también poseen riquezas espirituales, en las que ciertamente Dios
se hace presente, a pesar de las lagunas, insuficiencias y errores, que dichas
religiones puedan contener. El diálogo, sostiene el
Papa, es exigido por el profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha
obrado el Espíritu, que "sopla donde
quiere" (Jn 3, 8). Con el diálogo la Iglesia trata de descubrir las
"semillas de la Palabra" el
"destello de aquella Verdad que
ilumina a todos los hombres", semillas y destellos que se encuentran
en las personas y en las tradiciones religiosas de la humanidad. Las otras
religiones constituyen un desafío positivo para la Iglesia de hoy; porque la
estimulan tanto a descubrir y a conocer los signos de la presencia de Cristo y
de la acción del Espíritu, como a profundizar la propia identidad y a
testimoniar la integridad de la Revelación, de la que ella es depositaria para
el bien de todos. El Papa explica que el
diálogo puede asumir múltiples formas y expresiones, desde los intercambios
entre expertos de las tradiciones religiosas o representantes oficiales de las
mismas, hasta la colaboración para el desarrollo integral y la salvaguarda de
los valores religiosos; desde la comunicación de las respectivas experiencias espirituales
hasta el llamado "diálogo de vida",
por el cual los creyentes de las diversas religiones atestiguan unos a otros en
la existencia cotidiana los propios valores humanos y espirituales, y se ayudan
a vivirlos para edificar una sociedad más justa y fraterna. Todos los fieles y las
comunidades cristianas de la Iglesia están llamados a practicar el diálogo
aunque el camino sea difícil y a menudo incomprensible, pues es la única manera
de acercarnos a Cristo, de construir el Reino y de encontrarnos con la
humanidad. Palabras y hechos del
diálogo en la Iglesia Los ideales de diálogo
están maravillosamente expresados en múltiples documentos del Magisterio de la
Iglesia, pero la práctica evangelizadora ha estado muy lejos de corresponder a
dichos ideales. Los pueblos indígenas de América tenemos muchos ejemplos en que
basar nuestro dolor y coraje por la incongruencia eclesial entre fe y vida,
entre palabras y obras. En tanto se trata de defender los derechos colectivos
de los pueblos ante los gobernantes y las clases poderosas el consenso
eclesiástico es unánime para exigir transformaciones profundamente innovadores
y audaces de la sociedad que den cabida digna en ella a los pueblos indios, con
sus formas diferentes de vida, con sus valores culturales, con sus anhelos de
futuro. Pero cuando se trata de incorporar en la Iglesia la espiritualidad
indígena, las iglesias particulares autóctonas y la llamada “Teología india”
aflora inmediatamente en los grupos más conservadores la intolerancia y la
condenación. Es lo que ha sucedido
históricamente en la relación centenaria de la Iglesia con los pueblos
indígenas de este continente y que en los últimos 20 años se ha reactivado en
ocasión de la nueva presencia indígena en la sociedad y en la Iglesia. De eso
quisiera hablar en esta ágora cristiana. Problema de fondo en el
diálogo Los pueblos indígenas de
América, por ser profundamente religiosos, desde la primera evangelización nos
abrimos de corazón a la fe cristiana, al mismo tiempo que intentamos mantener
fidelidad a las raíces espirituales anteriores al contacto con el Cristianismo.
Esta manera de entender y vivir el evangelio, con una doble pertenencia y
fidelidad, ha sido causa de muchos problemas a la hora de relacionarnos con
miembros no indígenas de la Iglesia. Por más que lo explicamos hay quienes no
entienden o no quieren entender las razones de nuestro peculiar modo de
proceder. Es un hecho que en el pasado la primera
evangelización negó la posibilidad de que los vencidos conserváramos el alma
indígena dentro de la Iglesia. Teníamos que renunciar por completo a las
antiguas creencias para hacernos cristianos. Por eso no hubo dialogo
interreligioso. El
desafío actual en la Iglesia es mostrar que con la nueva evangelización es
posible superar la intolerancia primera. Este es el sentido de la lucha que,
dentro de la Iglesia, estamos dando quienes siendo de extracción indígena nos
hemos hecho cristianos y servimos pastoralmente a nuestros hermanos. Sabemos
que el problema es complejo, pero somos optimistas en urgir y esperar de la
Iglesia transformaciones audaces, profundamente innovadoras de su ser y de su
actuar misionero y pastoral. El
diálogo en la primera evangelización de América Ciertamente
a la llegada de los europeos a este continente las posibilidades de encuentro
de la Iglesia con los pueblos indígenas eran propicias. Nuestros pueblos habían
elaborado esquemas culturales y religiosos que permitían la interrelación en
todos los aspectos, incluido el religioso, entre pueblos diferentes. Había aquí
la conciencia de que existían muchas modalidades de entender la vida y de
entender a Dios, que podían sumarse en conjuntos polisintéticos. El Dios
cristiano podía sentarse, sin ningún problema en el petate o estera de nuestros pueblos. Para ellos El era
perfectamente compatible. Así lo plantearon nuestros teólogos a los misioneros
en el famoso “Diálogo de los Doce”
(1525). Sin embargo de parte de los europeos no había la misma actitud
dialogante. El haber ganado la guerra les daba la certeza de que su Dios era el
único Dios verdadero. Y en consecuencia el Dios indígena debía ser aniquilado.
Eso fue lo que plantearon al término del supuesto Diálogo de los Doce. Sin
embargo nuestr@s abuel@s no comprendieron el razonamiento de la intolerancia y
jamás lo tomaron en serio. Simplemente ajustaron en adelante su vida espiritual
y su elaboración teológica a los márgenes de acción que les permitió la
sociedad colonial y su situación de vencidos. Y siguieron adelante con la vida
haciendo elaboraciones y reelaboraciones de sus esquemas de comprensión de Dios
y de la vida. Es lo que dio por resultado lo que ahora llamamos Teología india,
en sus múltiples manifestaciones, que intentaré mostrar a continuación. a)
Lucha de dioses Frente a
la intolerancia misionera, que negó el carácter divino a lo que nuestr@s abuel@s
llamaban Dios o Dioses, hubo de parte indígena algunas reacciones igualmente
intolerantes. Si los advenedizos afirmaban que el Dios indígena no era Dios,
sino Satanás que nos había engañado presentándose en forma divina; los
nuestros, con la misma tozudez, replicaron que, en vista de las obras de los
españoles, en realidad su dios era el Oro, al que rendían pleitesía absoluta y
por el que habían dejado todo y pasaban penalidales para buscarlo en nuestras
tierras. Ese Dios Oro los había enloquecido haciéndoles capaces de los peores
crímenes con tal de obtenerlo. Por lo que los líderes indios empezaron a
recomendar a la gente que entregaran a los españoles todo el oro que hubiera, a
ver si con eso se aplacaban. Para
defender sus creencias ancestrales hubo muchos levantamientos indígenas en toda
la época colonial, que se aglutinaron en torno a esquemas autóctonos, o incluso
con símbolos cristianos indigenizados, como la Virgen María, para convocar a un
retorno a la religión propia a fin de rescatar la libertad perdida y restaurar
el orden roto por los conquistadores. Estos
movimientos motivados por la desesperanza se situaban en la perspectiva de una
lucha a muerte entre los dioses: o salía vencedor el Dios cristiano con la
muerte del Dios indígena o salía triunfante el Dios indígena con la muerte del
Dios cristiano. Y claro el saldo final fue terriblemente desventajoso para
nuestros pueblos. Tales rebeliones dieron pié a represiones violentas de parte
de la institución, que acabaron prácticamente con toda la elite pensante y
dirigente de las comunidades. “Si ustedes
han matado a nuestro Dios, que también nosotros muramos” fue la conclusión,
de parte indígena, en el “Diálogo de los Doce”. Y eso casi se cumplió al pié de
la letra. Pero
también para la Iglesia las consecuencias fueron desastrosas, ya que ella
perdió entonces la posibilidad de inculturarse en el medio indígena. Las
grandes utopías eclesiásticas de “Iglesias
Indianas”, con clero nativo y estructuras indígenas propias, que lanzaron
misioneros visionarios, no sólo fueron abandonadas, sino que se cerraron las
puertas para implementarlas en el futuro. Los primeros concilios mexicano y
limense prohibieron la ordenación de indios, negros y mestizos hasta la cuarta
generación. Básicamente porque se dudaba de la autenticidad de la adhesión
indígena a la fe cristiana. Con
todo, la intolerancia, en su expresión más burda, fue abandonada por ambos
bandos y se buscaron formas abiertas o clandestinas de convivencia pacífica de
las dos realidades religiosas que, en adelante, conformaron el alma de este
continente. Algunos ministros de la Iglesia y, sobre todo, muchos miembros de
los pueblos iniciaron silenciosamente procesos variados de relación,
integración, apropiación, síncresis o síntesis de todos los componentes de la
fuerza espiritual de nuestros pueblos, hayan venido de donde hayan venido. Lo
cual dio como resultado una amplia gama de prácticas religiosas y de teologías
que las acompañan. Es el rico fenómeno tanto de la Teología India como de la
Religiosidad Popular o Religión del pueblo, que tuvieron origen en este
período. Recientemente,
en el contexto actual del resurgimiento del mundo indígena, vuelve a aparecer
en el escenario actitudes intolerantes tanto al interior de la Iglesia como en
sectores indígenas críticos de la Iglesia. Ellos plantean que no se puede ser
auténticamente indígena y a la vez cristiano. Según ellos son realidades
intrínsecamente opuestas. Por tanto hay que optar y ser consecuentes con la
opción que se tome. Quien
decide optar por ser cristiano debe abandonar su fe indígena o purificarla de
tal manera que sólo asuma aquello que es plenamente compatible con el
Cristianismo, de modo que prevalezca al final la verdad revelada de la que la
Iglesia es fiel guardiana. En la contraparte indígena se afirma que quien
decide ser auténticamente indígena debe liberarse de las iglesias y retornar a
las formas originarias de la religión de nuestros pueblos. Lo que implicaría
reivindicar ante la sociedad y ante las iglesias el derecho de ejercer
libremente las religiones indígenas como antes de la conquista. De modo
que el tema sigue siendo causa de muchas discusiones al interior de las
comunidades indígenas y en la Iglesia. Y la apelación a la no compatibilidad de
la fe cristiana con la fe indígena ha desgajado hoy a la teología india en dos
grandes vertientes: la Teología India-India, es decir, la que se hace sin
intervención del elemento cristiano, - algunos la llaman Teologías Originarias
o puramente indígenas - y la Teología India-Cristiana, que se hace en el
contexto de diálogo entre lo indígena y lo cristiano. A veces los
representantes de estas dos vertientes tenemos dificultad en sentarnos a la
misma mesa; pues los radicales nos tildan a los cristianos como traidores a
nuestras raíces o como colaboracionistas con el enemigo. A pesar
de ello, retomando la experiencia de los evangelizadores visionarios de la
primera evangelización, sectores importantes del pueblo indígena nos hemos
puesto a rescatar o innovar esquemas teológicos que permitan la coexistencia
pacífica de ambas formas religiosas y teológicas y, en lo posible, pongan bases
para la elaboración de síntesis teológicas que enriquezcan a todos. Es lo que
está haciendo brotar la gama pluriforme de teologías indias o indígenas de
nuestros días en el interior de las iglesias. b)
Yuxtaposición religiosa En
consonancia con la experiencia histórica en la que nuestros pueblos habían ido
avanzando por acumulación de conquistas materiales y espirituales, mediante
métodos de suma y no de resta, la mayoría de ellos entendieron, desde la
primera evangelización, que su inclusión en la Cristiandad no implica la
renuncia a todas sus creencias religiosas; por eso las mantuvieron juntamente
con lo cristiano. Para los
indígenas este proceder no implicaba ningún problema. Parece que al principio
tampoco los conquistadores y misioneros se percataron de las implicaciones
teológicas de su actuar misionero, que propició la yuxtaposición religiosa. Al
ver a los indios tan respetuosos en los actos de culto cristiano y escuchar que
a todo decían que sí, creyeron que esta aceptación de la fe cristiana
conllevaba el abandono de las creencias antiguas. Por eso junto a los templos
indígenas construyeron templos cristianos. Y aceptaron que junto a la práctica
oficial del culto la gente siguiera haciendo manifestaciones religiosas
propias. Pero lo
que nuestra gente estaba llevando a cabo era abrir espacios para la suma de las
dos corrientes de espiritualidad que en ese momento componían su vida.
Convertidos al cristianismo ellos sentían el deber de cumplir con la nueva fe
traída del exterior, pero igualmente sentían la necesidad de mantenerse fieles
a las creencias antiguas. No fueron convencidos de tener que abandonarlas,
porque jamás aceptaron la argumentación misionera de que no era a Dios sino al
Diablo a quien veneraban nuestros antepasados. Para ellos era el mismo Dios
sólo que en formas y modalidades diferentes. Y la mejor manera de expresar esta
convicción era el método de la yuxtaposición o acumulación de símbolos
religiosos. Hasta
nuestros días este ha sido uno de los métodos más utilizados por el pueblo en
la vivencia de su fe. Porque mantiene tanto las formas religiosas estrictamente
cristianas como las formas que vienen de la época prehispánica: Ellos van a la
Iglesia y rezan a Cristo y a los santos; pero con la misma devoción van a los
cerros, cuevas, manantiales o sitios sagrados propios para implorar el auxilio
del Dueño de la vida que está en cada uno de esos lugares. En la práctica los
pueblos indígenas de hoy vivimos no sólo una doble economía, sino una doble
cultura y una doble religión o religiosidad. Somos bilingües religiosos. Cuando
las condiciones son favorables porque no existe oposición expresa de los
dirigentes de la Iglesia, esta birreligiosidad se expresa abiertamente. Y,
donde el control eclesiástico es excesivo, su expresión pública es la
religiosidad oficial aprobada, pero su expresión privada es la indígena propia. La
intolerancia eclesiástica frente a esta yuxtaposición de creencias surge de
quienes la consideran infidelidad o apostasía a la fe cristiana. Pero a la
población indígena no le convence esa argumentación. Por eso no deja de
practicar el procedimiento de la birreligiosidad. Y cuando no puede hacerlo
abiertamente acude al mecanismo de la clandestinización
de su vivencia indígena, lejos de las miradas inquisitoriales de los
representantes de la Iglesia. Sin
embargo, hoy que las circunstancias históricas han cambiado y los pueblos
indígenas convertidos al cristianismo cada vez estamos más decididos a mostrar
públicamente la vivencia propia de fe es necesario replantearse en la Iglesia
el debate sobre la legitimidad de este fenómeno de la birreligiosidad. ¿Se
puede ser, a nivel religioso, perfectamente cristiano sin dejar de ser indio?
El pueblo sencillo, desde hace mucho tiempo, ya ha respondido que sí; y el
Magisterio de la Iglesia, en voz del Papa Juan Pablo II también lo ha afirmado
recientemente en la canonización y beatificación de indígenas como Juan Diego;
pero la inercia de la práctica misionera anterior sigue marcada por la falta de
diálogo. Mientras
tanto quienes por origen somos indígenas y por ministerio somos agentes de
pastoral quedamos atrapados en medio de esta contradicción y tenemos un
conflicto no resuelto totalmente en nuestro corazón. Por un lado, en lo más
profundo, nos sentimos jalados por la fidelidad a nuestras raíces ancestrales,
con las que nos identificamos visceralmente, y, por otro lado, la
responsabilidad pastoral recibida de la Iglesia nos hace recelar de todas las
expresiones religiosas de nuestro pueblo, porque nos han introyectado una
cierta aversión o repugnancia hacia estas formas consideradas impuras o imperfectas. Vivimos, por
tanto, una especie de esquizofrenia
por un doble amor que no acabamos de reconciliar en nuestro interior. A medida
que va habiendo nuevos planteamientos de apertura en la Iglesia nos vamos
convenciendo de que es posible esta reconciliación, mediante procesos nuevos de
terapia espiritual y de diálogo interreligioso. Por eso en
Santo Domingo dijimos, en voz de José Manuel Cachimuel, indígena otavaleño de
Ecuador, que lo único que pedíamos a nuestros obispos es que nos reconozcan el
derecho de ser cristianos sin dejar de ser indígenas. Diez años después de
Santo Domingo, el Papa retomó este desafío afirmando en la canonización de Juan
Diego y beatificación de los mártires de Cajonos: “se puede llegar a Dios sin renunciar a la propia cultura” [3].
Esta
afirmación del Papa y los planteamientos del Episcopado latinoamericano, que se
encuentran en el documento final de Santo Domingo, dan posibilidades en la
línea de la inculturación del Evangelio y de “profundizar el diálogo con las religiones no cristianas presentes en
el continente particularmente las indígenas y afroamericanas, durante mucho
tiempo ignoradas y marginadas” [4].
Evidentemente en el caso de quienes somos puente entre el mundo indígena y la
Iglesia, el diálogo se tiene que dar en el interior de nosotros mismos. Lo cual
no es sencillo. Pero hay que lanzarnos a hacerlo. Los principios están
señalados aunque falta un largo camino por recorrer, como Iglesia, en este
sentido. c)
Sobreposición religiosa Otra
modalidad en la relación entre las dos corrientes de espiritualidad, que bullen
en nosotros, ha sido el camino de la sobreposición. Los mismos misioneros de
antaño la promovieron mucho: más que arrasar y derribar los templos y las
manifestaciones indígenas religiosas, lo que hicieron fue bautizarlos poniendo
encima o en primer lugar alguna expresión marcadamente cristiana (un nuevo
templo, una cruz o algún santo). De modo que lo que ahí se realizara en
adelante ya no estuviera dirigido a la divinidad indígena, sino al Dios
cristiano. Los
pueblos indígenas muy pronto aprendieron la lección y asumieron esta metodología
con bastante beneplácito. Ya que les facilitó conservar sus antiguos santuarios
y símbolos religiosos cubriéndolos de cristianismo. Bastaba con poner encima
algo cristiano para que dejaran de ser considerados paganos. Por eso en la construcción de los templos cristianos
participaron activamente nuestros abuelos para plasmar en ellos su pensamiento
religioso o para enterrar en sus altares y muros las imágenes de su religión
indígena. De modo que al ir a los templos cristianos también se encontraban con
expresiones de su religión anterior. Aprendieron que si primero dejaban que el
representante de la Iglesia hiciera el acto oficial reconocido, ellos podían
después tranquilamente hacer también lo suyo. Así surgió la nueva forma
religiosa indígena protegida bajo la cubierta cristiana. El
procedimiento implicó un inteligente enmascaramiento o encubrimiento de lo
propio con adiciones sobrepuestas venidas del cristianismo. Este
enmascaramiento provino tanto del lado eclesiástico, al querer una cristianización
rápida de los indígenas, como del lado indígena para mantener lo propio en el
contexto colonial. Dicho
modo de actuar puede significar para los observadores ajenos al fenómeno
actitudes de hipocresía, dolo o falsedad indígena en la conversión. Pero no es
así. Se trata de un procedimiento inteligente para conservar el modo indígena
de creer en Dios, que nuestros antepasados consideraban compatible con la fe
cristiana y que ellos debían mantener pues no fueron convencidos de abandonarlo
por las nuevas creencias que llegaron. El
asunto suscita hoy muchas interrogantes, que habría que debatir con ánimo
renovado. ¿Es sano actuar permanentemente de esa manera: clandestinando,
encubriendo y enmascarando nuestra intimidad religiosa? ¿Puede aceptarse como
legítima expresión de fe cristiana actos y conductas que en la superficie
siguen la lógica reconocida como cristiana, pero en lo profundo siguen la
lógica indígena? d)
La metodología de sustitución La
yuxtaposición de símbolos cristianos encima de expresiones de la religión o
religiosidad indígena poco a poco fue llevando a la sustitución de unos
símbolos por otros. Ante la convicción de que no hay oposición intrínseca entre
la fe cristiana y las creencias indígenas, lo mismo daba que el símbolo fuera
tomado del lado indígena o del lado cristiano. Y como lo indígena era
cuestionado por los misioneros, lo mejor era adoptar el símbolo español. Y así
lo hicieron. Los santos y sobre todo la Virgen María fueron los símbolos más
socorridos. Ellos y ella empezaron a ocupar el lugar que tenían antes las
manifestaciones indígenas de Dios ligado a la tierra, a la lluvia, a la
fecundidad, a la solución de los problemas cotidianos de la vida. Lo que antes
pedían o hacían delante de la divinidad indígena ahora lo piden o hacen delante
del Dios cristiano o sus intermediarios. Por este
mecanismo la mayoría de los santos patrones de los pueblos indígenas y mestizos
ocuparon y juegan hasta el día de hoy el lugar de los antiguos tótems tribales
o de las advocaciones divinas que identificaban a cada grupo humano. San Isidro
Labrador, por ejemplo, es ahora la nueva expresión de Tlaloc nahuatl, Cosijo
zapoteca, Chac maya, o el nombre del Dios que nuestros abuelos vinculaban a la
lluvia; la Virgen sustituye ahora a la Madre Tierra, en su capacidad de dar
vida o de amparar y acoger a todos. Esta
técnica de sustitución inauguró un tipo de inculturación indígena de la fe
cristiana y de cristianización de la religión indígena, que no implicaba más
cambios que poner en vez del símbolo indígena, un símbolo cristiano equivalente
o parecido. Todo lo demás seguía exactamente igual que antes. Es lo que dio
como resultado un cristianismo indigenizado, es decir, vivido en moldes
indígenas, y una religión indígena cristianizada, esto es, dentro de esquemas
cristianos. El acento mayor en un lado o en otro dependía de las
características del protagonismo que se tuvo en concreto para cada proceso inculturizador. No cabe
duda que esta forma de actuar, que hizo posible que los indígenas participáramos
en la cristiandad al mismo que mantuviéramos lo propio bajo la cubierta
cristiana, hoy suscita controversias cuando se quiere hacer abiertamente, como
lo estamos haciendo en la inculturación de la catequesis, de la liturgia, de
los ministerios en las iglesias autóctonas. No debemos rehuir al dialogo sobre
estos asuntos. e)
Procesos de síntesis teológica Si, para
nuestros pueblos, la sintonía existente entre lo cristiano y lo indígena era
tan grande que permitía hacer yuxtaposición, sobreposición y sustitución de
contenidos, también podía dar origen a síntesis novedosas de ambos aportes. Es
lo que intentaron, casi desde el principio, connotados representantes de la
Iglesia y de las comunidades indígenas convertidas al Cristianismo. El
primer intento serio y estructurado en este camino se hizo en el Seminario
Indígena de la Santa Cruz de Tlatelolco en México (1535-1575), cuyo fruto más
refinado es el primer texto de Teología India conocido como Nican Mopohua o relato de las
apariciones de la Virgen de Guadalupe. En él a partir de un símbolo cristiano,
que ya había pasado por la inculturación española-morisca, se recrean las
creencias indígenas mostrando su perfecta armonía con los contenidos
fundamentales del Evangelio de Cristo. En la Virgen Morena del Tepeyac se
reconcilian maravillosamente los dos mundos religiosos que la conquista había
contrapuesto: El Téotl indígena, verdadero Dios por Quien se vive, se da la
mano con el Dios cristiano; Tonantzin, la Madre de todos los dioses del
Anáhuac, se une con María, la Madre de nuestro señor Jesucristo; la
Xochitlalpan o tierra florida indígena coincide con el Reino de Dios, la Teocal-li
o casa indígena de Dios, viene a ser la Iglesia que hay que construir. El
diálogo reflejado en el Nican Mopohua se hizo realidad cuando fue posible
plantear y asumir, como Iglesia, una utopía social nueva donde el indio es el
protagonista; y el conquistador se suma al proyecto del indio. Como el Nican
Mopohua, por todos los rincones del Continente se produjeron síntesis teológicas
hechas con la misma metodología guadalupana. La Virgen María fue el principal
recurso de este procedimiento: La Aparecida en Brasil, Caacupé en Paraguay,
Copacabana en Bolivia, etc. Por eso se puede afirmar que nuestra evangelización
fue más mariana que cristológica. Estas
síntesis circularon en primer término en el ámbito de la llamada “religiosidad
popular” tanto indígena como mestiza; pero con el tiempo y, sobre todo, con el
peso mayoritario que fue teniendo la religiosidad popular en la vivencia de la
fe cristiana entre los pobres, poco a poco se fueron incorporando también
dentro de la oficialidad de la Iglesia. Sin embargo la percepción oficial que
se tuvo de estas síntesis es que se trataba de una deficiente comprensión del
mensaje cristiano. Se las aceptaba en cuanto que reflejaban algo del mundo
cristiano; pero se las criticaba en cuanto que mostraban también parte del
mundo indígena. Por eso había que purificarlas o elevarlas. A la Morenita del
Tepeyac se la aceptaba en la Iglesia porque era la Virgen María, la Madre de
Jesús; pero se hacía a un lado que también era Tonantzin, Nuestra Madre, la Madre de Huelnelli Téotl, Ipalnemohuani, Totecuyo, Tloque Nahuaque, es
decir, de todos los nombres indígenas de Dios. Durante
mucho tiempo privó en la Iglesia esa mentalidad respecto a las inculturaciones
indígenas del Evangelio. Por eso, cuando se descubrió que detrás de estas
expresiones había un bagaje indígena muy grande, se las persiguió con campañas
de desvirtuamiento de su contenido para mostrar que en ellas persistía la
idolatría antigua. La religiosidad guadalupana sufrió estos embates en los
momentos mismos en que se hacían los preparativos de la independencia de México
[5].
En los
últimos años ha habido otros acercamientos pastorales a esta realidad con
nuevos instrumentos teológicos y de las ciencias, que han mostrado la grandeza
de tales síntesis de fe precisamente por el fuerte aporte indígena que hay en
ellas. Por eso se ha llegado a afirmar que la Virgen de Guadalupe es el rostro materno de Dios para nuestros
pueblos (Doc. de Puebla) o que es el mejor
ejemplo de inculturación del Evangelio (Cf. Doc. de Santo Domingo). Con lo
cual estamos iniciando en la Iglesia una nueva práctica pastoral y misionera
que encuentra eco inmediato en muchas iglesias particulares. Pero aún hace
falta avanzar más por este sendero a nivel de hechos, no sólo de palabras. La
inculturación del Evangelio implica superar los esquemas colonialistas de
evangelización para entrar de lleno a la implementación de actitudes
permanentes de diálogo respetuoso con las culturas y expresiones religiosas de
los pueblos indígenas. Para descubrir en ellas la riqueza humana y espiritual
que han ido acumulando en siglos de búsqueda de vida y de Dios. Para servir
pastoralmente a las Semillas del Verbo, que el Espíritu ha sembrado en ellas, y
ayudarlas a llegar a su plena floración y fructificación. El
reencuentro de la Iglesia con los pueblos indígenas Los
miembros de la Iglesia debemos reconocer que, en la primera evangelización del
siglo XVI, aunque hubo serios y heroicos esfuerzos de diálogo, prevaleció el
choque violento de religiones, de teologías, de divinidades. Se impuso un
esquema que desplazó y quiso anular la perspectiva indígena. De ella no
surgieron iglesias indianas, ni clero
nativo, ni liturgias inculturadas, al menos a nivel oficial. Los indios
aprendimos a vivir en la exclusión, en la clandestinidad. Y ahí recreamos lo
nuestro en lo cristiano: es lo que ahora llaman Religiosidad Popular. En ese espacio se desarrolló y se mantuvo el aporte guadalupano. Después
de los primeros 50 años de evangelización, la Iglesia nos olvidó, nos abandonó;
prácticamente no fuimos parte de ella. Lo expresado por Juan Diego ante la
Virgen fue una verdad ampliamente corroborada en la relación con la Iglesia: “me mandas a un lugar donde no ando ni paro”.
Nos hicimos invisibles para la sociedad y para la Iglesia. Y así pasaron los
siglos. En el
nuevo contexto, los últimos 50 años de los tiempos actuales, hemos vuelto a ser
visibles, pero muchos empezaron por vernos como problema: nos miraron como
pobres (marginados, explotados) o como ‘los más pobres de entre los pobres’
(Puebla); luego como diferentes, que requieren una pastoral especial o
específica (se le llamó Pastoral
indigenista); finalmente nos descubrieron como pueblos, sujetos, no
objetos, de la sociedad y de la Iglesia, y como alternativa de futuro. En
cincuenta años estamos cambiando la historia, estamos volteando la tortilla. No estamos muertos ni nos sentimos
condenados a muerte. Nos hemos puesto de pié, hemos soltado la lengua, nos
hemos atrevido a caminar como predijo Mons. Leonídas Proaño. Hemos resucitado y
exigimos cambios profundos de la sociedad y de la Iglesia para obtener el lugar
que nos corresponde. A veces lo hacemos a las buenas, a veces lo hacemos a la
mala, algunos hasta con las armas en la mano como los zapatistas del EZLN en
Chiapas. Unos ven
esta resurrección indígena con gozo y optimismo; otros la ven con temor, como
amenaza. Nos temen y por eso nos atacan. Hay una crisis por esto. Pero vamos
venciendo con astucia indígena y
audacia evangélica los tropiezos del camino. Para hacer que nos entiendan,
mediante el diálogo, estamos abriendo caminos inéditos o reeditando caminos
viejos del pasado que fueron abandonados. Los
interlocutores, a favor o en contra de nuestra causa, están poniendo lo que
cada uno considera mejor de sí para este reencuentro de la Iglesia con los
indígenas. En Roma, el mismo Santo Padre Juan Pablo II abrió brecha con sus
encuentros sistemáticos con representantes indígenas en todos sus viajes
apostólicos, desde 1979; la Congregación para la Doctrina de la Fe ha puesto la
temática de la Teología india dentro de la agenda universal desde 1996; la
Congregación para los Obispos, CAL, se ha sumado a estas preocupaciones en el
2000. El CELAM tiene la preocupación por la Pastoral
cabe los pueblos indios prácticamente desde 1968, a través del Departamento
de Misiones, Demis, y más recientemente por el Secretariado de Pastoral
indígena, SEPAI, que ha convocado una serie de encuentros, simposios,
seminarios sobre esta temática. Muchas Conferencias nacionales de Obispos
formaron comisiones y equipos misioneros para la atención a los indígenas. Los
teólogos de América latina han incorporado la Teología india en sus esquemas y
espacios teológicos; ahí está la Asociación ecuménica de teólogos del Tercer
mundo, ASETT, el equipo de teólog@s Amerindia, La Confederación latinoamericana
de Religiosos, CLAR, el Consejo latinoamericano de Iglesias, CLAI. También está
la Articulación ecuménica latinoamericana de la Pastoral indígena, AELAPI. No cabe
duda que estamos ganando la pelea. La Iglesia se está abriendo para
incorporarnos dignamente. El futuro depende de nosotros, pero también de los
demás miembros de la Iglesia y de la sociedad. El tiempo es favorable, estamos
en un kairós de gracia. Las dos
reuniones de Obispos (en Oaxaca, México, y en Riobamba, Ecuador) convocadas en
el año 2002 por el Consejo Episcopal Latinoamericano, CELAM, en las que
participaron también dos Congregaciones de la Santa Sede (la de la Doctrina de
Fe y la de los Obispos) y donde fueron incluidos representantes de la Teología
India, muestran el activo interés de la Iglesia Católica por renovar su
presencia y su contacto con las poblaciones indígenas de este Continente. En
los años recientes ella ha hecho un camino importante para reencontrarse con
las comunidades nativas de América latina. En el más alto nivel, representado
por el Santo Padre y su Curia romana, en los niveles intermedios como el CELAM
y las Conferencias Episcopales nacionales y sus respectivas comisiones,
departamentos y secretariados, e incluso en las comunidades creyentes de base,
con sus equipos de servidor@s, se percibe un nuevo contexto eclesial para el
diálogo y la solidaridad con las hijas e hijos de estas tierras, concretamente
en lo que se refiere a la Teología india. El nuevo
contexto en relación a la Espiritualidad indígena y a la Teología india es
resultado de acciones de búsqueda conjunta como Iglesia para responder
satisfactoriamente a las interrogantes planteadas a esta vertiente de la
Teología latinoamericana. No ha sido fácil construir puentes de diálogo
fructífero entre quienes apoyamos y quienes impugnan la Teología india; pero el
hecho de que pastores y teólogos decidimos poner en marcha una actitud de
respeto y comunión con quien piensa diferente por encima de los recelos y
desconfianzas mutuas, está dando sus frutos. Lo que prueba que también para
Iglesia, se cumple el dicho popular: “Dialogando
se entiende la gente” Muchas
acciones se emprendieron para dar cauce al deseo de diálogo en los distintos
niveles de Iglesia. En México, la Comisión Episcopal para Indígenas, con apoyo
de otras comisiones, llevó a cabo en el sexenio vigente una serie de cuatro
talleres para Obispos, donde se abordó la problemática de la Teología India en
sus diferentes aspectos. Voces a favor y voces en contra se sentaron a la mesa
de la discusión para buscar consensos y elaborar propuestas convergentes que
sirvieran para el caminar eclesial respecto a esta temática específica. Al
debatir con honestidad teólogos y pastores nuestros puntos de vista, cada uno
desde su particular trinchera o responsabilidad, fuimos construyendo
posibilidades de entender las legítimas preocupaciones de ambos lados; y
pudimos al final reconocer la pertinencia y pertenencia de la Teología india
dentro de la Iglesia, valorando sus aportes y asumiendo la responsabilidad de
acompañarla generosamente para que, liberándola de los riesgos que la amenazan,
entre en diálogo fecundo con las demás teologías de nuestra Iglesia y del
mundo. Este
tipo de encuentros es lo que preparó el terreno para sembrar en la Iglesia las
respuestas nuevas que requieren los retos provenientes de la emergencia
indígena actual; emergencia que ha puesto de manifiesto más claramente la
realidad dolorosa de los pueblos indios empujados a la extinción; pero también
las esperanzas encerradas en nuestras culturas y experiencias religiosas como
alternativas de vida no sólo para nosotros, sino para todos los habitantes del
planeta. Algunas
conclusiones misionológicas
Cochabamba, Bolivia Octubre de 2004. [1] El autor pertenece al pueblo zapoteca del Istmo de
Tehuantepec, México. Es sacerdote de la Iglesia católica; forma parte del
movimiento de Sacerdotes indígenas de México. Labora en el Centro nacional de
ayuda a misiones indígenas, CENAMI, en el Área de formación. Es miembro de la
Articulación ecuménica latinoamericana de pastoral indígena, AELAPI; de la
Asociación ecuménica de teólogos del Tercer mundo, ASETT (EATWOT); del equipo
de teólogos Amerindia; y los asesores teológicos de la CLAR. Es uno de los principales
impulsores de la llamada ‘Teología india’ de América latina. [2]
Cfr. Juan Pablo II, RM, 55 – 57. [3] Juan
Pablo II en México, 2002 [4] SD
137.138 [5] Cf.
Discursos de Fr. Servando Teresa Mier y Terán en 1800 [6] Juan
Pablo II en México, 2002 |
|
fechar janela |