V CONFERENCIA GENERAL
DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE
DOCUMENTO CONCLUSIVO
Versión no oficial
INTRODUCCIÓN
1.
Con la luz del Señor resucitado y con
la fuerza del Espíritu Santo, Obispos de América nos reunimos en Aparecida,
Brasil, para celebrar la
V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y de El Caribe.
Lo hemos hecho como pastores que queremos seguir impulsando la acción
evangelizadora de la Iglesia,
llamada a hacer de todos sus miembros discípulos y misioneros de Cristo,
Camino, Verdad y Vida para que nuestros pueblos tengan vida en Él. Lo hacemos
en comunión con todas las Iglesias Particulares presentes en América. María, Madre de Jesucristo y de sus
discípulos, ha estado muy cerca de nosotros, nos ha acogido, ha cuidado
nuestras personas y trabajos, cobijándonos, como a Juan Diego y a nuestros
pueblos, en el pliegue de su manto, bajo su maternal protección. Le hemos
pedido, como madre, perfecta discípula y pedagoga de la evangelización, que nos
enseñe a ser hijos en su Hijo y a hacer “lo que Él les diga” (Jn 2, 5).
2.
Con alegría estuvimos reunidos con el
Sucesor de Pedro, Cabeza del Colegio Episcopal. Su Santidad Benedicto XVI, nos
ha confirmado en el primado de la fe en Dios, de su verdad y amor, para bien de
personas y pueblos. Agradecemos todas sus enseñanzas, especialmente su Discurso
Inaugural, que fueron iluminación y guía segura para nuestros trabajos. El
recuerdo agradecido de los últimos Papas, y en especial de su rico Magisterio
que ha estado también presente en nuestros trabajos, merece especial memoria y
gratitud.
3.
Nos hemos sentido acompañados por la
oración de nuestro pueblo creyente católico, representado visiblemente por la
compañía del Pastor y los fieles de la Iglesia de Dios en Aparecida y por la multitud de
peregrinos de todo Brasil y otros países de América al Santuario, que nos
edificaron y evangelizaron. En la comunión de los santos, tuvimos presentes a
todos los que nos han precedido como discípulos y misioneros en la viña del
Señor y especialmente a nuestros santos latinoamericanos. Entre ellos a Santo
Toribio de Mogrovejo, patrono del Episcopado latinoamericano.
4.
El Evangelio llegó a nuestras tierras
en medio de un dramático y desigual encuentro de pueblos y culturas. Las
“semillas del Verbo”
presentes en las culturas autóctonas facilitó a nuestros hermanos indígenas
encontrar en el Evangelio respuestas vitales a sus aspiraciones más hondas:
“Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente”.
La visitación de Nuestra Señora de Guadalupe fue acontecimiento decisivo para
el anuncio y reconocimiento de su Hijo, pedagogía y signo de inculturación de
la fe, manifestación y renovado ímpetu misionero de propagación del Evangelio.
5.
Desde la primera evangelización hasta
los tiempos recientes la
Iglesia ha experimentado luces y sombras.
Escribió páginas de nuestra historia de gran sabiduría y santidad. Sufrió
también tiempos difíciles, tanto por acosos y persecuciones, como por las
debilidades, compromisos mundanos e incoherencias, por el pecado de sus hijos,
que desdibujaron la novedad del Evangelio, la luminosidad de la verdad y la
práctica de la justicia y de la caridad. Sin embargo, lo más decisivo en la Iglesia es siempre la
acción santa de su Señor.
6.
Por eso, ante todo damos gracias a
Dios y lo alabamos por todo lo que nos ha sido regalado. Acogemos la realidad
entera del Continente como don: la belleza y riqueza de sus tierras, la riqueza
de humanidad que se expresa en las personas, familias, pueblos y culturas del
continente. Sobretodo nos ha sido dado Jesucristo, la plenitud de la Revelación de
Dios, un tesoro incalculable, la “perla preciosa” (cf. Mt 13, 45-46), Verbo de
Dios hecho carne, Camino, Verdad y Vida de los hombres a los que abre un
destino de plena justicia y felicidad. El es el único Liberador y Salvador que,
con su muerte y resurrección, rompió las cadenas opresivas del pecado y la
muerte, que revela el amor misericordioso del Padre y la vocación, dignidad y
destino de la persona humana.
7.
La fe en Dios amor y la tradición
católica en la vida y cultura de nuestros pueblos son sus mayores riquezas. Se
manifiesta en la fe madura de muchos bautizados y en la piedad popular que
expresa “el amor a Cristo sufriente, el Dios de la compasión, del perdón y la
reconciliación (…), - el amor al Señor presente en la Eucaristía (…),
- el Dios cercano a los pobres y a los que sufren, - la profunda devoción a la Santísima Virgen
de Guadalupe, de Aparecida o de las diversas advocaciones nacionales y
locales”. Se expresa también en la caridad que anima por doquier gestos, obras
y caminos de solidaridad con los más necesitados y desamparados. Está vigente
también en la conciencia de la dignidad de la persona, la sabiduría ante la
vida, la pasión por la justicia, la esperanza contra toda esperanza y la
alegría de vivir aún en condiciones muy difíciles que mueven el corazón de
nuestras gentes. Las raíces católicas permanecen en su arte, lenguaje,
tradiciones y estilo de vida, a la vez dramático y festivo, en el afrontamiento
de la realidad. Por eso, el Santo Padre nos responsabilizó más aún, como
Iglesia, en “la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios”.
8.
El don de la tradición católica es un
cimiento fundamental de identidad, originalidad y unidad de América Latina y El
Caribe: una realidad histórico-cultural, marcada por el Evangelio de Cristo,
realidad en la que abunda el pecado – de opresión, violencia, ingratitudes y
miserias – pero donde sobreabunda la gracia de la victoria pascual. Nuestra
Iglesia goza, no obstante debilidades y miserias humanas, de un alto índice de
confianza y de credibilidad por parte del pueblo. Es morada de pueblos hermanos
y casa de los pobres.
9.
La V Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano y de El Caribe es un nuevo paso en el camino de la Iglesia, especialmente
desde el Concilio Ecuménico Vaticano II. Ella da continuidad y, a la vez,
recapitula el camino de fidelidad, renovación y evangelización de la Iglesia latinoamericana al
servicio de sus pueblos, que se expresó oportunamente en las anteriores
Conferencias Generales del Episcopado (Río, 1955; Medellín, 1968; Puebla, 1979;
Santo Domingo, 1992). En todo ello reconocemos la acción del Espíritu. También
tenemos presente la
Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América
(1997).
10.
Esta V Conferencia se propone “la
gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar
también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están
llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo”.
Se abre paso un nuevo período de la historia con desafíos y exigencias,
caracterizado por el desconcierto generalizado que se propaga por nuevas
turbulencias sociales y políticas, por la difusión de una cultura lejana y
hostil a la tradición cristiana, por la emergencia de variadas ofertas religiosas
que tratan de responder, a su manera, a la sed de Dios que manifiestan nuestros
pueblos.
11.
La
Iglesia está llamada a repensar
profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas
circunstancias latinoamericanas y mundiales. No puede replegarse frente a
quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas o de quienes pretender cubrir
la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideologismos gastados
o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la
novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro
personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros.
Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y
mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de
Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una
América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu.
12.
No resiste a los embates del tiempo
una fe católica reducida a bagaje, a elenco de normas y prohibiciones, a
prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las
verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la
repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no
convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza “es el gris
pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con
normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”.
A todos nos toca “recomenzar desde Cristo”,
reconociendo que “no se comienza a ser
cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con
ello, una orientación decisiva”.
13.
En América Latina y El Caribe, cuando
muchos de nuestros pueblos se preparan a celebrar el bicentenario de su
independencia, nos encontramos ante el desafío de revitalizar nuestro modo de
ser católico y nuestras opciones personales por el Señor, para que la fe
cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los
pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante
con Cristo. Él se manifiesta como novedad de vida y de misión en todas las
dimensiones de la existencia personal y social. Esto requiere desde nuestra
identidad católica, una evangelización mucho más misionera, en diálogo con
todos los cristianos y al servicio de todos los hombres. De lo contrario, “el
rico tesoro del Continente Americano… su patrimonio más valioso: la fe en Dios
amor…”
corre el riesgo de seguir erosionándose y diluyéndose en crecientes sectores de
la población. Hoy se plantea elegir entre caminos que conducen a la vida o
caminos que conducen a la muerte.
Caminos de muerte son los que llevan a dilapidar los bienes recibidos de Dios a
través de quienes nos precedieron en la fe. Son caminos que trazan una cultura
sin Dios y sin sus mandamientos o incluso contra Dios, animada por los ídolos
del poder, la riqueza y el placer efímero, la cual termina siendo una cultura
contra el hombre y contra el bien de los pueblos latinoamericanos. Caminos de
vida verdadera y plena para todos, caminos de vida eterna, son aquellos
abiertos por la fe que conducen a “la plenitud de vida que Cristo nos ha
traído: con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia
humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural”
Esa es la vida que Dios nos participa por su amor gratuito, porque “es el amor
que da la vida”. Estos caminos de vida fructifican los
dones de verdad y de amor que nos han sido dados en Cristo en la comunión de
los discípulos y misioneros del Señor, para que América latina y El Caribe sean
efectivamente un continente en el cual la fe, la esperanza y el amor renueven
la vida de las personas y transformen las culturas de los pueblos.
14.
El Señor nos dice: “no tengan miedo”
(Mt 28, 5). Como a las mujeres en la mañana de la Resurrección
nos repite: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24, 5).
Nos alientan los signos de la victoria de Cristo resucitado mientras suplicamos
la gracia de la conversión y mantenemos viva la esperanza que no defrauda. Lo
que nos define no son las circunstancias
dramáticas de la vida, ni los desafíos de la sociedad, ni las tareas que
debemos emprender, sino ante todo el amor recibido de Dios gracias a Jesucristo
por la unción del Espíritu Santo. Esta prioridad fundamental es la que ha
presidido todos nuestros trabajos, ofreciéndolos a Dios, a nuestra Iglesia, a
nuestro pueblo, a cada uno de los latinoamericanos, mientras elevamos al
Espíritu Santo nuestra súplica confiada para que redescubramos la belleza y la
alegría de ser cristianos. Aquí está el reto fundamental que afrontamos:
mostrar la capacidad de la
Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que
respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de
gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro
que éste. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del
Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido,
amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las
dificultades y resistencias. Este es el mejor servicio -¡su servicio!- que la Iglesia tiene que ofrecer
a las personas y naciones.
15.
En esta hora en que renovamos la
esperanza queremos hacer nuestras las palabras de SS. Benedicto XVI al inicio
de su Pontificado y proclamarlas para toda América Latina: ¡No teman! ¡Abran,
más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!…quien deja entrar a
Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada – de lo que hace la vida libre,
bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida.
Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la
condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que
nos libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se
da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a
Cristo y encontrarán la verdadera vida.
16.
“Ésta V Conferencia General se
celebra en continuidad con las otras cuatro que la precedieron en Río de
Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo. Con el mismo espíritu que las animó,
los pastores quieren dar ahora un nuevo impulso a la evangelización, a fin de
que estos pueblos sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo
y testigos de Jesucristo con su propia vida”.
Como pastores de la Iglesia
somos conscientes que “después de la IV Conferencia General, en Santo Domingo, muchas
cosas han cambiado en la sociedad. La Iglesia, que participa de los gozos y esperanzas,
de las penas y alegrías de sus hijos, quiere caminar a su lado en este período
de tantos desafíos, para infundirles siempre esperanza y consuelo”.
17.
Nuestra alegría, pues, se basa en el amor del Padre, en la
participación en el misterio pascual de Jesucristo quien, por el Espíritu
Santo, nos hace pasar de la muerte a la vida, de la tristeza al gozo, del
absurdo al hondo sentido de la existencia, del desaliento a la esperanza que no
defrauda. Esta alegría no es un sentimiento artificialmente provocado ni un
estado de ánimo pasajero. El amor del Padre nos ha sido revelado en Cristo que
nos ha invitado a entrar en su reino. El nos ha enseñado a orar diciendo “Abba,
Padre” (Rm 8, 15; cf. Mt 6, 9).
18.
Conocer a Jesucristo por la fe es
nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y trasmitir este tesoro a los demás es un
encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado. Con los ojos
iluminados por la luz de Jesucristo resucitado podemos y queremos contemplar al
mundo, a la historia, a nuestros pueblos de América Latina y de El Caribe, y a
cada una de sus personas.
PRIMERA PARTE
LA
VIDA DE
NUESTROS PUEBLOS HOY
19.
Este documento continúa la práctica
del método “ver, juzgar y actuar”, utilizado en anteriores Conferencias
Generales del Episcopado Latinoamericano. Muchas voces venidas de todo el
Continente ofrecieron aportes y sugerencias en tal sentido, afirmando que este
método ha colaborado a vivir más intensamente nuestra vocación y misión en la Iglesia, ha enriquecido el
trabajo teológico y pastoral, y en general ha motivado a asumir nuestras
responsabilidades ante las situaciones concretas de nuestro continente. Este
método nos permite articular, de modo sistemático, la perspectiva creyente de
ver la realidad; la asunción de criterios que provienen de la fe y de la razón
para su discernimiento y valoración con simpatía crítica; y, en consecuencia,
la proyección del actuar como discípulos misioneros de Jesucristo. La adhesión
creyente, gozosa y confiada en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y la inserción
eclesial, son presupuestos indispensables que garantizan la pertinencia de este
método.
CAPÍTULO 1
LOS DISCÍPULOS MISIONEROS
20.
Nuestra reflexión acerca del camino
de las Iglesias de América Latina y del Caribe tiene lugar en medio de luces y
sombras de nuestro tiempo. No nos afligen ni desconciertan los grandes cambios
que experimentamos. Hemos recibido dones inapreciables, que nos ayudan a mirar
la realidad como discípulos misioneros de Jesucristo.
21.
La presencia cotidiana y esperanzada
de incontables peregrinos nos ha recordado a los primeros seguidores de
Jesucristo que fueron al Jordán, donde Juan bautizaba, con la esperanza de
encontrar al Mesías (cf. Mc 1, 5). Quienes se sintieron atraídos por la
sabiduría de sus palabras, por la bondad de su trato y por el poder de sus
milagros, por el asombro inusitado que despertaba su persona llegaron a ser
discípulos de Jesús. Al salir de las tinieblas y de las sombras de muerte (cf.
Lc 1, 79) su vida adquirió una plenitud extraordinaria: la de haber sido
enriquecida con el don del Padre. Vivieron la historia de su pueblo y de su
tiempo y pasaron por los caminos del Imperio Romano, sin olvidar nunca el
encuentro más importante y decisivo de su vida que los había llenado de luz, de
fuerza y de esperanza: el encuentro con Jesús, su roca, su paz, su vida.
22.
Así nos ocurre también a nosotros al
mirar la realidad de nuestros pueblos y de nuestra Iglesia, con sus valores,
sus limitaciones, sus angustias y esperanzas. Mientras sufrimos y nos
alegramos, permanecemos en el amor de Cristo viendo nuestro mundo, tratamos de
discernir sus caminos con la gozosa esperanza y la indecible gratitud de creer
en Jesucristo. El es el Hijo de Dios verdadero, el único Salvador de la
humanidad. La importancia única e insustituible de Cristo para nosotros, para
la humanidad, consiste en que Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. “Si no conocemos a
Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma
indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad”.
En el clima cultural relativista que nos circunda, donde es aceptada solo una
religión natural, se hace siempre más importante y urgente radicar y hacer
madurar en todo el cuerpo eclesial la certeza que Cristo, el Dios de rostro
humano, es nuestro verdadero y único salvador.
23.
En este encuentro queremos expresar
la alegría de ser discípulos del Señor y de haber sido enviados con el tesoro
del Evangelio. Ser cristiano no es una carga sino un don: Dios Padre nos ha
bendecido en Jesucristo su Hijo, Salvador del mundo.
1.1 Acción de
gracias a Dios
24.
Bendito sea Dios Padre de nuestro
Señor Jesucristo que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones en la
persona de Cristo (cf. Ef 1, 3). El Dios de la Alianza, rico en
misericordia, nos ha amado primero; inmerecidamente nos ha amado a cada uno de
nosotros; por eso lo bendecimos, animados por el Espíritu Santo, Espíritu vivificador,
alma y vida de la Iglesia.
El, que ha sido derramado en nuestros corazones, gime e
intercede por nosotros y nos fortalece con sus dones en nuestro camino de
discípulos y misioneros.
25.
Bendecimos a Dios con ánimo
agradecido, porque nos ha llamado a ser instrumentos de su Reino de amor y de
vida, de justicia y de paz, por el cual tantos se sacrificaron. El mismo nos ha
encomendado la obra de sus manos para que la cuidemos y la pongamos al servicio
de todos. Agradecemos a Dios por habernos hecho sus colaboradores para que
seamos solidarios con su creación con responsabilidad ecológica. Bendecimos a
Dios que nos ha dado la naturaleza creada que es su primer libro para poder
conocerlo y vivir nosotros en ella como en nuestra casa.
26.
Damos gracias a Dios que nos ha dado
el don de la palabra, con la cual nos podemos comunicar entre nosotros y con El
por medio de su Hijo, que se ha hecho Palabra para nosotros. Damos gracias a El
que por su gran amor nos ha hablado como amigos (cf. Jn 15, 14-15). Bendecimos
a Dios que se nos da en la celebración de la fe, especialmente en la Eucaristía, pan
de vida eterna. La acción de gracias a Dios por los numerosos y admirables
dones que nos ha otorgado culmina en la celebración central de la Iglesia, que es la Eucaristía,
alimento substancial de los discípulos y misioneros. También por el Sacramento
del Perdón que Cristo nos ha alcanzado en la cruz. Alabamos al Señor Jesús por
el regalo de su Madre Santísima, Madre de Dios y Madre de América Latina y de
El Caribe, estrella de la evangelización renovada, primera discípula y gran
misionera de nuestros pueblos.
1.2 La alegría de
ser discípulos y misioneros de Jesucristo
27.
Iluminados por Cristo, el
sufrimiento, la injusticia y la cruz nos interpelan a vivir como Iglesia samaritana
(cf. Lc 10, 25-37) recordando que “la evangelización ha ido unida siempre a la
promoción humana y a la auténtica liberación cristiana”.
Damos gracias a Dios y nos alegramos por la fe, la solidaridad y la alegría
características de nuestros pueblos trasmitidas a lo largo del tiempo por las
abuelas y los abuelos, las madres y los padres, los catequistas, los rezadores
y tantas personas anónimas cuya caridad ha mantenido viva la esperanza en medio
de las injusticias y adversidades.
28.
La
Biblia muestra reiteradamente que, cuando
Dios creó el mundo con su Palabra y con el aliento de su boca, expresó
satisfacción diciendo: “que era bueno” (Gn 1, 21), y cuando creó al ser humano,
varón y mujer, dijo que “era muy bueno” (Gn 1, 31). El mundo creado por Dios es
hermoso. Procedemos de un designio divino de sabiduría y amor. Pero por el
pecado se mancilló esta belleza originaria y fue herida esta bondad. Dios por
nuestro Señor Jesucristo en su misterio pascual ha recreado al hombre
haciéndolo hijo y le ha dado la garantía de unos cielos nuevos y de una tierra
nueva (cf. Ap 21, 1). Llevamos la imagen del primer Adán, pero estamos llamados
también desde el principio realizar la imagen de Jesucristo, nuevo Adán (cf. 1
Cor 15, 45). La creación lleva la marca del Creador y desea ser liberada y
“participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8, 21).
1.3 La misión de la Iglesia es evangelizar
29.
La historia de la humanidad
transcurre bajo la mirada compasiva de Dios a la que nunca abandona. También a
este mundo nuestro, Dios ha amado tanto que nos ha enviado a su Hijo. El
anuncia la buena noticia del Reino a los pobres y a los pecadores. Por esto
nosotros como discípulos de Jesús y misioneros queremos y debemos proclamar el
Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama,
que su existencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder
salvador y liberador de su Reino, que nos acompaña en la tribulación, que
alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. Los
cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas
de desventuras.
30.
La
Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los
pasos de Jesús y adoptando sus actitudes (cf. Mt 9, 35-36). Él, siendo el
Señor, se hizo servidor y obediente hasta la muerte de cruz (cf. Fil 2, 8);
siendo rico, eligió ser pobre por nosotros (cf. 2 Cor 8, 9), enseñándonos el
itinerario de nuestra vocación de discípulos y misioneros. En el Evangelio
aprendemos la sublime lección de ser pobres siguiendo a Jesús pobre (cf. Lc 6,
20; 9, 58), y la de anunciar el Evangelio de la paz sin bolsa ni alforja, sin
poner nuestra confianza en el dinero ni en el poder de este mundo (cf. Lc 10, 4
ss).
En la generosidad de los misioneros se manifiesta la generosidad de Dios, en la
gratuidad de los apóstoles aparece la gratuidad del Evangelio.
31.
En el rostro de Jesucristo, muerto y
resucitado, maltratado por nuestros pecados y glorificado por el Padre, en ese
rostro doliente y glorioso,
podemos ver, con la mirada de la fe el rostro humillado de tantos hombres y
mujeres de nuestros pueblos y al mismo tiempo su vocación a la libertad de los
hijos de Dios, a la plena realización de su dignidad personal y a la
fraternidad entre todos. La
Iglesia está al servicio de todos los seres humanos, hijos e
hijas de Dios.
32.
La alegría que hemos recibido en el
encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y
redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las
adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de
Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al
borde del camino pidiendo limosna y compasión (cf. Lc 10, 29-37; 18, 25-43). La
alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y
agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un
sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que
serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios.
Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo
encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a
conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.
CAPÍTULO 2
MIRADA DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS SOBRE LA REALIDAD
2.1 La
realidad que nos interpela como discípulos y misioneros
33.
Los pueblos de América Latina y de El
Caribe viven hoy una realidad marcada por grandes cambios que afectan
profundamente sus vidas y que, como discípulos de Jesucristo, nos sentimos
interpelados a discernir los “signos de los tiempos”, a la luz del Espíritu
Santo, para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para
que todos tengan vida y “para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10).
34.
La novedad de estos cambios, a
diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global
que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero. Habitualmente se los
caracteriza como el fenómeno de la globalización. Factor determinante de estos
cambios es la ciencia y la tecnología, con su capacidad de manipular
genéticamente la vida misma de los seres vivos, y con su capacidad de crear una
red de comunicaciones de alcance mundial, tanto pública como privada, para
interactuar en tiempo real, es decir, con simultaneidad, no obstante las
distancias geográficas. Como suele decirse, la historia se ha acelerado y los
cambios mismos se vuelven vertiginosos, puesto que se comunican con gran
velocidad a todos los rincones del planeta.
35.
Esta nueva escala mundial del
fenómeno humano trae consecuencias para todos los ámbitos de la vida social,
impactando la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el
deporte, las artes y también, naturalmente, la religión. No nos corresponde,
como pastores de la Iglesia,
hacer un análisis técnico de este complejo fenómeno y de sus causas, aunque sea
importante y necesario para una acción evangelizadora consecuente con la
realidad. Nos interesa más bien saber cómo afecta la vida de nuestros pueblos y
el sentido religioso y ético de nuestros hermanos que buscan infatigablemente
el rostro de Dios, y que, sin embargo, deben hacerlo ahora interpelados por
nuevos lenguajes del dominio técnico, que no siempre revelan sino que también
ocultan el sentido divino de la vida humana redimida en Cristo. Sin una
percepción clara del misterio de Dios presente, se vuelve opaco también, al
menos en algunos ámbitos, el designio amoroso y paternal de una vida digna para
todos los seres humanos.
36.
En este nuevo contexto social, la
realidad se ha vuelto para el ser humano cada vez más opaca y compleja. Esto
quiere decir, que cualquier persona individual necesita siempre más información
de la que dispone, si quiere ejercer sobre la realidad el señorío al que por
vocación está llamada a realizar. Este hecho no es por sí mismo negativo. Nos
ha enseñado a mirar la realidad cada vez con más humildad, sabiendo que ella es
más grande y compleja que las simplificaciones ideológicas con que solíamos
verla en un pasado aún no demasiado lejano y que, en muchos casos, introdujeron
conflictos dentro de la sociedad que dejaron muchas heridas que aún no logran
cicatrizar. Pero también ha introducido la dificultad de que a la conciencia
humana le cuesta percibir la unidad de todos los fragmentos dispersos que
resultan de la información que recolectamos. Es frecuente que algunos quieran
mirar la realidad unilateralmente desde la información económica, otros desde
la información política o científica, otros desde el entretenimiento y el
espectáculo. Sin embargo, ninguno de estos criterios parciales logra
proponernos un significado coherente para todo lo que existe. Cuando las
personas perciben esta fragmentación y limitación, suelen sentirse frustradas,
ansiosas, angustiadas. La realidad social resulta demasiado grande para una
conciencia que, teniendo en cuenta su falta de saber e información, fácilmente
se cree insignificante, sin injerencia alguna en los acontecimientos, aun
cuando sume su voz a otras voces que buscan ayudarse recíprocamente.
37.
Esta es la razón por la cual muchos
estudiosos de nuestra época han sostenido que la realidad ha traído aparejada
una crisis del sentido. Ellos no se refieren a los múltiples sentidos parciales
que cada uno puede encontrar en las acciones cotidianas que realiza, sino al
sentido que da unidad a todo lo que existe y nos sucede en la experiencia, y
que los creyentes llamamos el sentido religioso. Habitualmente, este sentido se
pone a nuestra disposición a través de nuestras tradiciones culturales que
representan la hipótesis de realidad con la que cada ser humano pueda mirar el
mundo en que vive. Conocemos, en nuestra cultura latinoamericana, el papel tan
noble y orientador que ha jugado la religiosidad popular, especialmente la
devoción mariana, que ha logrado persuadirnos de nuestra común condición de
hijos de Dios y de nuestra común dignidad ante sus ojos, no obstante las
diferencias sociales, étnicas o de cualquier otro tipo.
38.
Sin embargo, debemos admitir que esta
preciosa tradición comienza también a erosionarse. La mayoría de los medios
masivos de comunicación nos presentan ahora nuevas imágenes, atractivas y
llenas de fantasía, que aunque todos saben que no pueden mostrar el sentido
unitario de todos los factores de la realidad, ofrecen al menos el consuelo de
ser transmitidas en tiempo real, en vivo y en directo, con actualidad. Lejos de
llenar el vacío que en nuestra conciencia se produce por la falta de un sentido
unitario de la vida, en muchas ocasiones la información transmitida por los
medios sólo nos distrae. La falta de información sólo se subsana con más
información, retroalimentando la ansiedad de quien percibe que está en un mundo
opaco y que no comprende.
39.
Este fenómeno explica tal vez uno de
los hechos más desconcertantes y novedosos que vivimos en el presente. Nuestras
tradiciones culturales ya no se transmiten de una generación a otra con la
misma fluidez que en el pasado. Ello afecta, incluso, a ese núcleo más profundo
de cada cultura, constituido por la experiencia religiosa, que resulta ahora igualmente
difícil de transmitir a través de la educación y de la belleza de las
expresiones culturales, alcanzando aún hasta la misma familia que, como lugar
del diálogo y de la solidaridad intergeneracional, había sido uno de los
vehículos más importantes de la transmisión de la fe. Los medios de
comunicación han invadido todos los espacios y todas las conversaciones,
introduciéndose también en la intimidad del hogar. Al lado de la sabiduría de
las tradiciones se ubica ahora, en competencia, la información de último
minuto, la distracción, el entretenimiento, las imágenes de los exitosos que
han sabido aprovechar en su favor las herramientas tecnológicas y las
expectativas de prestigio y estima social. Ello hace que las personas busquen
denodadamente una experiencia de sentido que llene las exigencias de su
vocación allí donde no podrán jamás encontrarla.
40.
Entre los presupuestos que debilitan
y menoscaban la vida familiar encontramos la ideología de género, según la cual
cada uno puede escoger su orientación sexual, sin tomar en cuenta las
diferencias dadas por la naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones
legales que hieren gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho
a la vida y la identidad de la familia.
41.
Por ello los cristianos necesitamos
recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su
misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido.
Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su
seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida. Y necesitamos, al mismo tiempo,
que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de
nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la
ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán
proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1, 30), la
cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se
puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a
la luz del Evangelio y dando a cado uno su sitio y su dimensión adecuada.
42.
Como nos dijo el Papa en su discurso
inaugural: “sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a
ella de modo adecuado y realmente humano”.
La sociedad que coordina sus actividades nada más que con información, cree que
puede operar de hecho como si Dios no existiese. Pero la eficacia de los
procedimientos lograda mediante información, aún con las tecnologías más
desarrolladas, no logra satisfacer el anhelo de dignidad inscrito en lo más
profundo de la vocación humana. Por ello, no basta suponer que la mera
diversidad de puntos de vista, de opciones y, finalmente, de informaciones, que
suele recibir el nombre de pluri o multiculturalidad, resolverá la ausencia de
un significado unitario para todo lo que existe. La persona humana es, en su
misma esencia, aquel lugar de la naturaleza donde converge la variedad de los
significados en una única vocación de sentido. A las personas no les asusta la
diversidad. Lo que les asusta más bien es no lograr reunir el conjunto de todos
estos significados de la realidad en una comprensión unitaria que le permita
ejercer su libertad con discernimiento y responsabilidad. La persona busca
siempre la verdad de su ser, puesto que es esta verdad la que ilumina la
realidad de tal modo que pueda desenvolverse en ella con libertad y alegría,
con gozo y esperanza.
2.1.1 Situación
Sociocultural
43.
La realidad social que describimos en
su dinámica actual con la palabra globalización, impacta, por tanto, antes que
cualquier otra dimensión, la realidad de nuestra cultura y del modo como nos
insertamos y apropiamos de ella. La variedad y riqueza de las culturas
latinoamericanas, desde aquellas más originarias hasta aquellas que con el paso
de la historia y el mestizaje de sus pueblos se han ido sedimentado en las
naciones, las familias, los grupos sociales, las instituciones educativas y la
convivencia cívica, constituye un dato bastante evidente para nosotros y que
valoramos como una singular riqueza. Lo que hoy día está en juego no es esa
diversidad, que los medios de información tienen la capacidad de individualizar
y registrar. Lo que se echa de menos es más bien la posibilidad de que esta
diversidad pueda converger en una síntesis, que envolviendo la variedad del
sentido, sea capaz de proyectarla en un destino histórico común. En esto reside
el valor incomparable del talante mariano de nuestra religiosidad popular, que
bajo distintas advocaciones, ha sido capaz de fundir las historias latinoamericanas
diversas en una historia compartida: aquella que conduce hacia Cristo, Señor de
la vida, en quien se realiza la más alta dignidad de nuestra vocación humana.
44.
Vivimos un cambio de época cuyo nivel
más profundo es el cultural. Se desvanece la concepción integral del ser
humano, su relación con el mundo y con Dios; “aquí está precisamente el gran
error de las tendencias dominantes en el último siglo… Quien excluye a Dios de
su horizonte, falsifica el concepto de la realidad y sólo puede terminar en caminos
equivocados y con recetas destructivas.
Surge hoy con gran fuerza una sobrevaloración de la subjetividad individual.
Independientemente de su forma, la libertad y la dignidad de la persona son
reconocidas. La individuación debilita los vínculos comunitarios y propone una
radical transformación del tiempo y del espacio, dando un papel primordial a la
imaginación. Los fenómenos sociales, económicos y tecnológicos están en la base
de la profunda vivencia del tiempo, al que se le concibe fijado en el propio
presente, trayendo concepciones de inconsistencia e inestabilidad. Se deja de
lado la preocupación por el bien común para dar paso a la realización inmediata
de los deseos de los individuos, a la creación de nuevos y muchas veces
arbitrarios de los derechos individuales, a los problemas de la sexualidad, la
familia, las enfermedades y la muerte.
45.
La ciencia y la técnica cuando son
puestas al servicio del mercado, con los valores de la eficacia, la
rentabilidad y lo funcional, ha creado una lógica que invade las prácticas
sociales, las mentes y las cosmovisiones. Se han ido introduciendo, por la
utilización de los medios de comunicación de masas, un sentido estético, una
visión acerca de la felicidad, una percepción de la realidad y hasta un
lenguaje, que se quiere imponer como una auténtica cultura. Sin embargo, su
superficialidad termina por destruir lo que de verdaderamente humano hay en los
procesos de construcción cultural, que nacen del intercambio personal y
colectivo.
46.
Se verifica, a nivel masivo, una especie de nueva colonización
cultural por la imposición de culturas artificiales, despreciando las culturas
locales y tendiendo a imponer una cultura homogeneizada en todos los sectores.
Esta cultura se caracteriza por la autorreferencia del individuo, que conduce a
la indiferencia por el otro, a quien no necesita ni del que se siente
responsable. Se prefiere vivir día a día, sin programas a largo plazo ni apegos
personales, familiares y comunitarios. Las relaciones humanas se consideran
objetos de consumo, llevando a relaciones afectivas sin compromiso responsable
y definitivo.
47.
También se verifica una tendencia
hacia la afirmación exasperada de derechos individuales y subjetivos. Esta
búsqueda es pragmática e inmediatista, sin preocupación por criterios éticos.
La afirmación de los derechos individuales y subjetivos, sin un esfuerzo
semejante para garantizar los derechos sociales culturales y solidarios,
resulta en perjuicio de la dignidad de todos, especialmente de quienes son más
pobres y vulnerables.
48.
En esta hora de América Latina y El
Caribe urge tomar conciencia de la situación precaria que afecta la dignidad de
muchas mujeres. Algunas desde niñas y adolescentes, son sometidas a múltiples
formas de violencia dentro y fuera de casa: tráfico, violación, servidumbre y
acoso sexual; desigualdades en la esfera del trabajo, de la política y de la
economía; explotación publicitaria por parte de muchos medios de comunicación
social que las tratan como objeto de lucro.
49.
Los cambios culturales han modificado los roles tradicionales de
varones y mujeres, quienes buscan desarrollar nuevas actitudes y estilos de sus
respectivas identidades, potenciando todas sus dimensiones humanas en la
convivencia cotidiana, en la familia y en la sociedad.
50.
La avidez del mercado descontrola el
deseo de niños, jóvenes y adultos. La publicidad conduce ilusoriamente a mundos
lejanos y maravillosos, donde todo deseo puede ser satisfecho por los productos
que tienen un carácter eficaz, efímero y hasta mesiánico. Se legitima que los deseos se vuelvan felicidad. Como
sólo se necesita lo inmediato, la felicidad se pretende alcanzar con bienestar
económico y satisfacción hedonista.
51.
Las nuevas generaciones son las más
afectadas por esta cultura del consumo en sus aspiraciones personales
profundas. Crecen en la lógica del individualismo pragmático y narcisista, que
suscita en ellos imaginarios especiales de libertad e igualdad. Afirman el
presente porque el pasado perdió relevancia ante tantas exclusiones sociales,
políticas y económicas. Para ellos el futuro es incierto. Asimismo participan
de la lógica de la vida como espectáculo, considerando el cuerpo como punto de
referencia de su realidad presente. Tienen una nueva adicción por las
sensaciones y crecen en una gran mayoría sin referencia a los valores e
instancias religiosas. En medio de la realidad de cambio cultural emergen
nuevos sujetos, con nuevos estilos de vida, maneras de pensar, de sentir, de
percibir y con nuevas formas de relacionarse. Son productores y actores de la
nueva cultura.
52.
Entre los aspectos positivos de este
cambio cultural aparece el valor fundamental de la persona, de su subjetividad
y experiencia, la búsqueda del sentido de la vida y la trascendencia. El
fracaso de las ideologías dominantes para dar respuesta a la búsqueda más
profunda del significado de la vida, ha permitido que emerja como valor la
sencillez y el reconocimiento en lo débil y lo pequeño de la existencia, con
una gran capacidad y potencial que no puede ser minusvalorado. Este énfasis en
el aprecio de la persona abre nuevos horizontes, en donde la tradición
cristiana adquiere un renovado valor, sobre todo cuando se reconoce en un Dios
que se encarna y nace en un pesebre, asumiendo una condición humilde y pobre.
53.
La necesidad de construir el propio
destino y el anhelo de encontrar razones para la existencia, puede poner en
movimiento el deseo de encontrarse con otros y compartir lo vivido, como una
manera de darse una respuesta. Se trata de una afirmación de la libertad
personal y, por ello, de la necesidad de cuestionarse en profundidad las
propias convicciones y opciones.
54.
Pero junto con el énfasis en la
responsabilidad individual en medio de sociedades que promueven a través de los
medios el acceso a bienes, se niega paradójicamente el acceso de los mismos a
las grandes mayorías, bienes que
constituyen elementos básicos y esenciales
para vivir como personas.
55.
El énfasis en la experiencia personal
y lo vivencial nos lleva a considerar el testimonio como un componente clave en
la vivencia de la fe. Los hechos son valorados en cuanto que son
significativos, es decir, en cuanto decisivos para la persona. En el lenguaje
testimonial podemos encontrar un punto de contacto con las personas que
componen la sociedad y de ellas entre sí.
56.
Por otra parte la riqueza y la
diversidad cultural de los pueblos de América Latina y el Caribe resultan
evidentes. Existen en nuestra región diversas culturas indígenas, afro
descendientes, mestizas, campesinas,
urbanas y suburbanas. Las culturas indígenas se caracterizan sobretodo por su
apego profundo a la tierra y por la vida comunitaria. Los afro descendientes se
caracterizan, entre otros elementos, por la expresividad corporal, el arraigo
familiar y el sentido de Dios. La cultura campesina está referida al ciclo
agrario. La cultura mestiza, que es la más extendida entre muchos pueblos de la
región, ha buscado en medio de contradicciones sintetizar a lo largo de la
historia estas múltiples fuentes culturales originarias, facilitando el diálogo
de las respectivas cosmovisiones y permitiendo su convergencia en una historia
compartida. A esta complejidad cultural habría que añadir también la de tantos
inmigrantes europeos que se establecieron en los países de nuestra región.
57.
Estas culturas coexisten en
condiciones desiguales con la llamada cultura globalizada. Ellas exigen
reconocimiento y ofrecen valores que constituyen una respuesta a los
antivalores de la cultura que se impone a través de los medios de comunicación
de masas: comunitarismo, valoración de la familia, apertura a la trascendencia
y solidaridad. Estas culturas son dinámicas y están en interacción permanente
entre sí y con las diferentes propuestas culturales.
58.
La cultura urbana es híbrida,
dinámica y cambiante, pues amalgama múltiples formas, valores y estilos de vida, y afecta a todas las
colectividades. La cultura suburbana es fruto de grandes migraciones de
población en su mayoría pobre, que se estableció alrededor de las ciudades en
los cinturones de miseria. En estas culturas los problemas de identidad y pertenencia,
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